#20 | “Final de Gira”

PRIMERO PERSONA


#20 | “Final de Gira”

Siento que la vida abre y cierra círculos constantemente pero no siempre somos conscientes de dichos procesos. Algunos tardan horas en completar la circunferencia, otros quizás toda una vida. A veces algunos círculos nos trascienden quedando abiertos y es nuestra descendencia la que vivencia el cierre. No necesariamente son hechos claves ni trascendentales para nuestra existencia, a veces son simples y bellas nimiedades de las que si no estamos atentos pasarán sin registro. Hay subcírculos dentro de círculos mayores, micro círculos y círculos espejo. Hay círculos que duran siglos y otros microsegundos. Hay círculos de vida y círculos de muerte. En ocasiones somos nosotros quienes debemos propiciar que el ciclo se complete pero nos resistimos por el dolor o la tristeza que nos genera aceptar que ese círculo debe ser parte del pasado.

Hace unas tres semanas sentí que el ciclo Primero Persona tal como se publica hoy en día me estaba pidiendo un cierre. Que luego de casi dos años de escribir mis vivencias relacionadas a los cuidados paliativos pediátricos conté todo lo que necesitaba contar y que había llegado el momento de hacer silencio por un rato y ver por dónde y cómo vuelven a florecer las palabras.

La semana pasada un pibe que debe andar por los 18 años me mencionó en una historia de Instagram. Cuando yo era residente de pediatría Santiago era un niño de tan solo 8 años. Tuvo una leucemia y realizó su tratamiento en el hospital donde yo me estaba formando. Era un purrete morrudo y asustadizo -con muchas razones para serlo-, hincha de River y de Ford como su papá. Por aquellos días y luego de dos incansables años de trabajo Final de Gira -mi primer libro- conocía la luz y algunos de mis colegas se interesaron en leerlo. La madre de Santi me contactó para comprar un ejemplar y luego de un breve tiempo y que le dieran el alta definitiva no supe más de ellos. Hace poco nos unió la red social de las fotos y cruzamos algunos mensajes. Me contó que se había vuelto un fanático del rocanrol como yo, que había dejado de ser de River para ahora ser “enfermo” de Nueva Chicago, y que estaba por empezar el ingreso para abogacía.

Pensé mucho en cómo cerrar en este último episodio de Primero Persona. Pasé varios días girando en falso en mi cabeza buscando la temática y las palabras adecuadas sin encontrar respuesta.

Hay veces en las que, si estamos atentos, somos testigos oculares de ese momento mágico donde un ciclo se cierra y se eleva a la dimensión de los círculos cerrados. Como esas noches claras en las que mirando el cielo boca arriba, una estrella fugaz explota en nuestro campo visual como un regalo del universo y una indescriptible emoción nos invade el cuerpo.

Decía que la semana pasada Santi me mencionó en una historia de Instagram. Podía verse una foto con un ejemplar de la primera edición de Final de Gira y un texto que decía: “me llegó este libro @gallitovidente, ¿decís que está bueno para que lo lea?”

Hace un largo tiempo que intento vanamente reconectar con las únicas 5 páginas que escribí durante últimos los dos años, de lo que intenta ser mi próximo proyecto literario. Por alguna razón que ahora creo entender siento que es el momento adecuado para tomarme un tiempo y volver a mirar esos bocetos.

#19 | “Que 10 años no es nada –o es un montón-“

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#19 | Que 10 años no es nada
–o es un montón-

 

Allá por agosto del 2008, siendo residente de segundo año en pediatría, comenzaba mi primer paso formal en los Cuidados Paliativos Pediátricos. El equipo del Hospital de Niños “Dr. Ricardo Gutiérrez” realizaba el 1er Curso Teórico Práctico en Cuidados Paliativos Pediátricos y yo tuve la suerte de estar sentado cada semana durante cuatro meses en esas antiguas butacas “símil cine Los Ángeles” del Aula Magna del mítico hospital porteño.

Compartí aquellos meses de nuestra neonatología paliativa con mi gran amigo Ale Nespral. Justamente uno de los pilares que hoy conforman la Fundación Ideas Paliativas en Acción –junto a Candela Berizzo, Guadalupe Colombo Paz y María Luz Hurtado– para la cual escribo el proyecto Primero Persona.

Y como la remembranza de la década vivida me puso algo reflexivo y melancólico, se me dio por hacer un racconto de mi historia en los Cuidados Paliativos Pediátricos en esta lluviosa y fría mañana de primavera patagónica.

Un año después de aquel curso iniciático y transcurriendo mi último año de residencia pediátrica me di un gustazo y me fui a rotar un trimestre a la Fundación Pro Unidad de Cuidados Paliativos en San José de Costa Rica, institución de excelencia y pionera de nuestra especialidad en Latinoamérica. Quedé impactado con el nivel de la atención universal que brinda la seguridad social de dicho país, especialmente en relación a los paliativos pediátricos: seguimiento domiciliario en todo el país, un alberge de día para la atención de niños de forma programada con todas las prestaciones necesarias para el cuidado del niño y su familia y un sólido servicio hospitalario en el Hospital Nación de Niños de San José de Costa Rica.

De esos meses también me traje una familia tica que siempre llevaré en mi corazón: lo que iban a ser en principio sólo unos días de alojamiento en la casa del Dr. Juan Carlos Irola Moya (hasta conseguir un lugar donde quedarme) se transformaron en tres meses de cenas, paseos y actividades familiares, como si siempre hubiese vivido en el cuartito del fondo y no fuese un simple forastero de paso.

Luego vinieron mis dos años de formación institucional con quienes hoy siento mis padres paliativos: La Dra. Eulalia Lascar y el Dr. Martín Nallar. En un servicio pionero en este arte a nivel nacional creado por Eulalia en la década del 90: el Equipo del Hospital de Niños “Dr. Ricardo Gutiérrez”. Becado por la Sociedad Argentina de Pediatría y el Instituto Nacional del Cáncer, viví la experiencia hospitalaria más floreciente de esta década, no solo a nivel académico sino también a nivel humano. La cotidianeidad del hospital y sus místicos pasillos, y el maravilloso grupo humano -del cual aún conservo grandes amigos- fueron sin duda un mojón fundamental en esta historia.

Durante ese intenso periodo realicé también el Curso Avanzado en Cuidado Paliativos de Pallium Latinoamérica y roté en el Servicio de Cuidados Paliativos Pediátricos del Hospital Castro Rendón en Neuquén y en el Departamento de Cuidados Paliativos de adultos del Instituto de Oncología Ángel H. Roffo en Buenos Aires. De Neuquén recuerdo muy gratamente la excelente atención de pacientes en domicilio y su enorme pujanza como servicio dentro de un sistema provincial de salud pública que no acompañaba y hoy día se desmorona desesperadamente. Del Roffo evoco el placer de compartir el trabajo con un tótem de los paliativos como es Dr. Alvaro Saurí y el gran impacto que me generó acompañar pacientes adultos en final de vida. La identificación personal con sus historias de vida y edades era algo ajeno a mí en ese momento. Para entonces, sólo había interactuado con niños y sus familias y yo aún no era padre. Recuerdo perfectamente la angustia y mis lágrimas recorriendo el barrio de Agronomía de regreso a casa.

Finalizada mi formación continúe trabajando con parte de los colegas que conocí en aquellos años. Me aboqué esencialmente al seguimiento de pacientes en internación domiciliaria en las empresas PanAs y Carehome. En esta última, junto a mis inefables compañeros de equipo: el Dr. Martín Nallar y la Lic. Mónica Mademann. La mayoría de las relatos que compartí con los lectores de este diario de viaje transcurrieron durante esos cuatro años de visitas domiciliarias, en las geografías, condiciones urbanas y sociales más diversas, vivenciando codo a codo con pacientes y familias las historias de cada niño. Me encantaría conservar el registro eterno de cada experiencia, cada escena, cada conversación, cada frustración, tristeza o alegría vivida. Y aunque algunos datos van naufragando poco a poco en el océano del olvido, siento que cada una de esas historias fueron grabándose a fuego en mi ADN, y hoy son parte de mí. Considero que me han torneado y en gran parte soy esto que soy gracias a esas familias y las horas compartidas.

Para diciembre de 2016 tuve la enorme dicha de formar parte del grupo de pediatras que rindió por primera vez en la historia un examen para ser especialistas en Cuidados Paliativos Pediátricos avalados por la Sociedad Argentina de Pediatría y la Academia Nacional de Medicina. Fui testigo durante estos diez años de como los pioneros – nuestros formadores- lucharon incesantemente décadas enteras para ser reconocidos como especialidad pediátrica y fue una hermosa casualidad haber coincidido en tiempo y espacio el histórico día en que esa lucha daba su primer fruto.

Cuatro meses después tomamos la decisión familiar de patear el tablero: luego de varios años dejamos la gran ciudad para bajar tres o cuatro cambios y nos vinimos a vivir a Bariloche. El retorno a la Patagonia querida que me vio nacer y vivir hasta los 8 años, ahora me recibía con una compañera, una hija de 2 años y un camión lleno de ilusiones. Aquí me encuentro ahora, abocado a este hermoso proyecto literario llamado Primero Persona y en busca de nuevos horizontes en mi vida paliativa.

Y como en esas películas donde la escena final es justamente el principio, mi recuerdo vuela raudo hacia esa chispa que dio inicio a este fuego. El momento en que el árbol apenas era semilla recién caída. Transcurría el verano del 2008 y con mi compañero de aventuras Ale Nespral viajábamos en el colectivo Rutas del Sol con destino al Cabo Polonio. A pasar tres semanas en la nada misma haciendo particularmente nada y todo a la vez.

Recorríamos la Avenida Italia dejando atrás Montevideo cuando entre charlas y silencios me dijo: “sabés que estoy haciendo una rotación muy copada en un servicio del Gutiérrez que es diferente a todo lo que hicimos hasta ahora”

Y todo comenzó…

#18 | “Caminando fui lo que fui”

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#18 | “Caminando fui lo que fui”

En más de una oportunidad en el “planeta Primero Persona” reflexioné sobre nuestras elecciones como occidentales a la hora de morir. Sobre ese apego desmesurado por la vida, o mejor dicho, sobre ese miedo desmesurado por la muerte. Del rol que juega la medicina moderna en la cultura actual, empuñando la bandera de la vida a cualquier precio, intentando torpemente sacar de foco a algo tan inevitable como la enfermedad y la muerte, relegándolas al cajón de los enemigos y las derrotas respectivamente.

Sospecho que ésa pueda ser una de las causas posibles por las que los cuidados paliativos aún son resistidos en el mundo de la salud, y de que tantas personas con enfermedades crónicas o sin chances curativas todavía mueran solas y llenas de tubos y cables en una terapia intensiva cuando la historia podría ser otra.

Aún no dí con algún atisbo de respuesta que ilumine mis teorías, y lo único cierto hoy en día es que al polvo volvemos haciendo toda la fuerza posible para impedirlo.

Actualmente dejé Bariloche por tres semanas, y me encuentro trabajando de pediatra en la ciudad fueguina de Río Grande. Siempre fui un ser de hormigas en las nalgas y de estar asomándome por encima de la tapia para ver cómo sigue el mundo más allá de mi jardín. Resulta que el hospital regional no da abasto con los médicos locales y contratan pediatras itinerantes todo el país que cubran una quincena de guardias y así poder cubrir la gran demanda del hospital más grande de Tierra del Fuego.

Así que acá estoy ahora, en la guardia externa, a las 7 am de un ventoso domingo, contando lo minutos para irme a mi casa transitoria luego de 24 horas de trabajo, y observando atónito el desfile incesante de: borrachos demasiado borrachos, apuñalados en riña, adolescentes intoxicados con drogas y alcohol, ensangrentados, mujeres golpeadas, detenidos esposados por la policía que requieren constatación de lesiones y gritan desafiantes, ebrios accidentados y un sinfín de personajes dignos de un infierno dantesco.

Una chica bien vestida con olor a alcohol y perfume caro se niega a la atención en guardia. La trajo la ambulancia luego de haber chocado en la costanera contra un camión estacionado. Se retira lo más tranquila después de sacarse una selfie y acá no ha pasado nada.

Súbitamente se me viene a la cabeza El necio –clásica canción de fogón de Silvio Rodríguez- y su “yo me muero como viví” y algo se aclara en mi mente. Esa gran verdad que canta el trovador cubano cristalizada frente a mis ojos: la forma en la que dejamos de ser materia suele condecir con el estilo que elegimos para transitar nuestra vida terrenal. Lo vemos en muchas ocasiones cuando acompañamos a nuestros pacientes en final de vida.

Un muchachito de 19 años esposado y completamente drogado grita desde el fondo de un consultorio y putea a cuanto médico, enfermero o transeúnte pasa cerca de él. Rato después y mate lavado de por medio el policía que lo custodia me contará que la madre de su hijo se cansó de que la golpee producto de sus intoxicaciones y le sacó la ropa a la calle, generando un escena que los vecinos ya no pudieron disimular , dando parte a la policía.

Quizás gran parte de la respuesta a mi obsesivo interrogante sobre porqué muchos mueren como mueren hoy en día esté acá: en la forma que algunos eligen o les toca vivir su efímera existencia. La muerte es tan solo la escena final de la vida, y es coherente que cueste tanto morir tranquilos si así están viviendo sus vidas con tantas turbulencias. Entiendo que estoy generalizando y no todos caminan la vida a paso tropezado. Pero es innegable que el mundo actual abunda en ejemplos más allá de cualquier credo o estrato social. Solo es cuestión de abrir el diario, escuchar el informativo, levantar la mirada en una esquina o trabajar en una guardia.

Sin embargo, sigo creyendo que podemos vivir mejor; sigo creyendo que podemos morir mejor.

Atravieso la puerta que da a la calle. La ciudad parece congelada. Cero grados y ni un alma en las cuadras de regreso al departamento de la calle Thorne. Por lo pronto y con lo que a mi humanidad respecta, voy a procurar conseguir unas regias medialunas para el desayuno para luego morir por unas cuantas horas en mi cama.

#17 | “En paz y sin hacer fuerza”

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#17 | “En paz y sin hacer fuerza”

 

Hace algunos años caminando por los pasillos del Hospital Británico de Buenos Aires me encontré con Eduardo, Andrea y Nicolás -los padres de Santino y su hermano menor-.

Ya habían pasado dos años desde que Santi había partido de este planeta y me alivió observar la alegría y el cariño con el que me saludaron. Y digo que me alivió porqué pensé que jamás volvería a verlos sonrientes y en el lugar donde habían vivido el episodio más doloroso de sus vidas.

Aquellos días habían quedado profundamente grabados en mi recuerdo de residente de pediatría.

Regresaban al hospital por primera vez luego de aquella noche donde Santino se iba dormido y tranquilo, sin dolor ni sufrimiento. A pesar de mi errado pronóstico, aquella mañana del reencuentro eligieron volver al lugar de los hechos y recorrer los 150 kilómetros que separan su pueblo de la provincia de Buenos Aires del hospital. Nicolás había empezado a jugar en las inferiores de un club de fútbol y necesitaba una evaluación cardiológica.

El pibe la rompe”, me contó su papá, chocho.

Cuando hago un gol, miro al cielo y se lo dedico a él” me contó feliz el enano de 9 años inmediatamente después de que sus padres me mostraran sus tatuajes con la cara de Santino. En sendos antebrazos Santi sonreía con esa dulzura que lo caracterizaba.

Durante los años que no volví a ver a esa familia supuse una decena de duelos posibles. En todos los casos los imaginé difíciles y turbulentos, producto de lo mucho que les costó soltar a Santi en aquellos últimos días, del inabarcable dolor que expresaban sus rostros hinchados de tanto llorar. Vislumbré la separación de sus padres y los problemas de conducta de su hermano en la escuela. Supuse con tristeza un odio irreversible hacía los médicos que no habían logrado curar la leucemia de su hijo.

Fueron meses muy difíciles donde pensé que nunca iba a lograr salir de la cama”, me dice Andrea con la serenidad de quien recuerda el desconsolado momento como un abismo del que creyó que jamás podría escapar: pero ahora está acá frente a mí, con los ojos brillosos de emoción al recordar a su hijito, y conectada nuevamente a su pulsión de vida.

Fueron hermosos aquellos minutos que me regalaron en el hall del hospital. Que me cerraran la boca y dinamitaran mis fantasías para siempre. Sentir con mi corazón que aquella familia había resurgido de las cenizas del infierno para homenajear a su hijo con el mejor recuerdo: el elogio a la vida y al amor.

Él se fue tan tranquilo aquella noche, se lo sentía en paz, sin hacer fuerza. Y yo agradezco todos los días que se haya ido sin sufrir”, dice su madre, para que la emoción y la sensación tardía del deber realizado me invadan el alma.

Santino pasó su último día relajado, sin síntomas y en una habitación común rodeado de sus seres queridos: gracias a que entre su familia y los pediatras encontramos el equilibrio justo para lograr un adecuado final de vida evitando cualquier tratamiento que pudiera resultar desproporcionado para esa situación. Ese recuerdo fue determinante para que su familia pueda dedicarse a recordarlo en paz y no ocuparse en limpiar su cabeza de los malos momentos del final.

Está ampliamente demostrado que un final de vida libre de síntomas y rodeado de amor impacta positivamente en la elaboración del duelo de los que acompañaron y quedan de este lado. No da lo mismo la manera en que se va un ser querido a la hora de atravesar el duelo. Y es más que evidente para quienes trabajamos en esto, para quienes lo viven de adentro o para quienes simplemente tengan la intención de observarlo.

Sin embargo hoy en día -existiendo sencillas herramientas que están al alcance de todos- muchas personas mueren sufriendo innecesariamente y/o solos en una terapia intensiva.

Y esto, a mi, no solo me resulta inadmisible, sino una mala praxis médica y humana.

Aún conservo con mucho cariño la película del perro BOLT que Santi me regaló en su último día del amigo. Cada tanto con mi hija la miramos en la cama. Esa es mi manera de homenajear a Santi y su familia y agradecerles todo lo que me enseñaron en aquellos días difíciles, y sobretodo dos años después.

#16 | “Simplemente un ser humano”

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#16 | “Simplemente un ser humano”

 

Aquella mañana noté a Tomás  más angustiado que de costumbre y presumí –erróneamente- cual podría ser la causa.

Tres días atrás los oncólogos le habían informado a él y su familia que la última quimioterapia no estaba dando los resultados esperados por todos y que esto achicaba considerablemente sus chances de curación, pero que sin embargo había una última posibilidad, la enésima esperanza: una droga nueva que se encontraba en fase de experimentación. Su desesperada y esperanzada familia se aferraba con uñas y dientes a esa ventanita que abrían los médicos, alentando a Tomi a no darse por vencido y a mantener la ilusión tan viva como el primer día.

Su madre había salido a hacer unos trámites y tuvimos la chance de charlar en su habitación unos  minutos a solas. Los meses de enfermedad y tratamientos habían hecho estragos en su cuerpo. Sus apagados ojos grises estancados en el fondo de sus cuencas. Sus bracitos débiles. Su color grisáceo. En la cabecera de la cama la camiseta de su amado Estudiantes de La Plata firmada por varios de los campeones de la Libertadores del 2009, junto a ella la foto donde la mismísima brujita Verón se la entregaba y el sonreía -pálido y calvo- de oreja a oreja. Coronando aquellos trofeos un enorme cartel confeccionado por sus amigos que rezaba: “¡Fuerza Gladiador! Nunca bajes los brazos. Te amamos y admiramos: Los pibes”. Decenas de cartas dibujos fotos muñequitos llegados desde todo el país. Muy a su pesar se había vuelto famoso producto de la enfermedad que padecía y de la campaña que se había montado en su nombre para juntar fondos. Cadenas multitudinarias en Facebook, entrevistas en los noticieros, notas en los diarios. La prensa lo había bautizado #elgladiador.

¿Cómo estas Tomi? ¿Cómo pasaste la noche?

Estoy preocupado Javier. Disparó en un tono que dejaba entrever algo más que la inquietud por la mala evolución del cáncer. No doy más, siento que ya no tengo fuerza.

Es completamente comprensible lo que decís. ¿Y qué es lo que más te preocupa de eso?

Tomás rompió en llanto. Lloró con tanta tristeza y congoja que por momentos parecía ignorar que yo estuviera ahí. Noté que era la primera vez que lloraba frente a mí. Hasta en los momentos más difíciles de su enfermedad siempre había hecho lo imposible por sonreír y levantar el pulgar cuando lo visitábamos en nuestras rondas matinales por la sala de internación.

Me pidió por favor que lo que me estaba por contar debía quedar entre nosotros. No estaba autorizado a contárselo a nadie. Volvió a decirme que no daba más, que se sentía agotado, sin un gramo de energía para seguir peleando, y  que simplemente quería volver a su casa a pasar sus últimos días con su familia y amigos, lejos del hospital y los tratamientos. Era completamente consciente que ya no había cura para su enfermedad, pero para ya era suficiente: ya no quiero más. Sin embargo sentía muchísima culpa por no querer probar este último tratamiento e interpretaba que de esta forma estaba defraudando a todos los que lo animaban a luchar, a los miles que lo apoyaban desde las redes sociales, a sus amigos, a su familia, a todos los desconocidos que lo alentaban permanentemente en su lucha contra esa enfermedad maldita a la cual debía vencer.

En los últimos años hemos visto como desde la medicina moderna y la sociedad actual se ha postulado al cáncer como un enemigo a vencer en un campo de batalla donde el que ocupa la línea de vanguardia es el enfermo, convirtiéndolo así -le guste o no le guste- en un soldado que debe combatir hasta sus últimas consecuencias contra la enfermedad, sin mucho lugar a levantar bandera blanca si esa fuese su elección.

Tomás me pidió que habláramos con su papá y su mamá, que quería contarles esto que le estaba pasando.

Aquella triste mañana Tomi pudo ahuyentar todos sus fantasmas, exorcizar sus temores, blanquear sus deseos, desahogar sus angustias… y tan solo estar triste por saber que iba morir.

El cáncer es una enfermedad, no un ejército enemigo. Y quien lo padece es tan solo un enfermo, no un soldado en un campo de batalla. Simplemente un ser humano que si así lo desea puede optar por no hacer ningún tratamiento. Y que si finalmente le toca morir eso no signifique perder una guerra.

Con lo infinitamente triste que es despedir a un hijo, ambos padres entendieron y acompañaron su elección. Tomás pudo pasar sus últimos días en familia,  con sus amigos,  su perro el Pincha. Lejos de los noticieros, las agujas, los hashtags y las redes sociales. Rodeado de amor y comprensión, sin batallas que librar.

#15 | “Caminar la vida”

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#15 | “Caminar la vida”

 

Hace unos días con mis amigos de IPA presentamos Primero Persona en vivo en un ciclo que bautizamos Cuento Debate. Leí algunos de mis cuentos en Vertiente – Café con Ideas  y entre uno y otro charlamos con las personas que se acercaron a escuchar y compartir sus sensaciones. Desde lo personal viví una experiencia  maravillosa.

El público asistente fue de lo más variado. Las preguntas y acotaciones que fueron brotando en los espacios de charla guiaron la temática entre cuestiones puntuales sobre que son, en qué y a quienes pueden ayudar los cuidados paliativos así como otras más profundas sobre el significado de la vida y la muerte. Cada comentario, cada observación, cada experiencia compartida resultó enormemente enriquecedora para todos.

Sin embargo hubo un momento puntual que me dejó regulando hasta el día de hoy. Uno de los asistentes nos contó que en las últimas semanas había leído los episodios de Primero Persona, y que algunos lo habían puesto a pensar en ciertos temas en los que no se había detenido en otras oportunidades. Y, oh casualidad, una de esas noches su hija de 5 años se le acercó y le preguntó sin ton ni son:

Papi, ¿vos te vas a morir?

Su padre -como a cualquier progenitor al que una descendiente de 5 años le realiza dicho cuestionamiento- tuvo un primer instante de desconcierto y cavilación. Confesó que en cualquier otro momento de su vida hubiese hecho lo que muchos: responder con evasivas, contestar que “no, papá siempre va a estar a tu lado”  o decirle que es muy chiquita para hablar de esas cosas. Pero esta vez no.

Nos relató emocionado que aquellos días de introspección y reflexión habían modificado algo en su interior y consideró que no existía respuesta más sincera y amorosa que contestar con la verdad.

Si hija. Algún día me voy a morir.

Y cuando respiró profundo y aliviado pensando que ya había cumplido con creces su labor de padre franco por una década, la pequeña volvió a la carga.

¿Y yo pá?, ¿yo también me voy morir?

El camino ya estaba marcado. A esa altura ya no había espacios para titubear, la dimensión de la sinceridad se había abierto entre ambos y todo fluía con naturalidad. Una hija con toda la claridad de su ser le hacía otra simple pregunta a su padre y el solo debía responder nuevamente con franqueza.

Si hijita, vos también te vas a morir. Todos nos vamos a morir en algún momento.

La niña simplemente siguió con sus juegos un rato y luego llegó la hora de irse a la cama.

“Nunca la vi dormir tan tranquila en su vida como aquella noche” nos contó orgulloso y aliviado su padre aquel viernes lluvioso donde algunos barilochenses nos juntamos a reflexionar sobre el amor, la vida, los niños, al arte de cuidar, la muerte y los cuidados paliativos.

Todos flotamos en un hermoso silencio por unos segundos.

La muerte es claramente la única certeza que tenemos al nacer. Sin embargo en algún momento de la historia de la raza humana algunos adultos comenzamos a temerle y a intentar vanamente mantenerla lo más lejos posible de nuestros pensamientos.

Pero los niños no. Ellos caminan la vida con total naturalidad, y la muerte no es más que una parte de la vida.

Quien dice, quizás algún día todos volvamos a sentirlo de ese modo.